¿Alguna vez has recibido varios elogios y una sola crítica, y al final del día solo podías pensar en esa crítica? ¿O has disfrutado de un buen día, pero un pequeño contratiempo ha acabado ocupando toda tu atención?No es casualidad. Nuestro cerebro tiene una tendencia natural llamada sesgo de negatividad, que hace que prestemos más atención a las experiencias negativas que a las positivas.
Desde un punto de vista evolutivo, este mecanismo fue fundamental para la supervivencia. Nuestros antepasados necesitaban recordar los peligros para evitar volver a exponerse a ellos. Detectar una amenaza a tiempo podía marcar la diferencia entre vivir o morir.Aunque hoy nuestro entorno ha cambiado, el cerebro sigue funcionando de forma muy similar. Ya no tenemos que escapar de depredadores, pero sí reaccionamos intensamente ante una discusión, una crítica, un error en el trabajo o la sensación de no haber estado a la altura.
El sesgo de negatividad puede hacer que:
Esto no significa que seamos personas pesimistas, sino que nuestro cerebro está haciendo aquello para lo que fue diseñado: protegernos de posibles amenazas.Sin embargo, cuando este mecanismo se vuelve excesivo, puede favorecer la ansiedad, la baja autoestima o la sensación de que "todo va mal", incluso cuando objetivamente existen muchas cosas positivas en nuestra vida.
No podemos eliminar este sesgo, pero sí aprender a equilibrarlo.Algunas estrategias respaldadas por la investigación son:
Nuestro cerebro no está diseñado para hacernos felices, sino para mantenernos a salvo. Comprender cómo funciona nos ayuda a dejar de interpretar cada pensamiento negativo como una verdad absoluta.La próxima vez que tu mente se quede atrapada en un error o una crítica, recuerda que quizá no estás viendo la realidad completa, sino a través del filtro de un cerebro que intenta protegerte.La buena noticia es que, con práctica y autoconocimiento, podemos entrenar nuestra atención para que también encuentre espacio para lo positivo.